Anvil – El sueño de una banda de rock

Gracias a Netflix, he podido recuperar esta cinta, grabada durante el boom de los documentales musicales. Se trata de un docu-reality, género que ha sido puesto en alza por el Discovery Channel y similares y que en los últimos años prácticamente ha venido a sustituir al documental puro y duro. De todos los que se han presentado en los últimos años, este ha sido uno de los que más ha dado que hablar, por su crudeza.

Primero, pongámonos en situación: Anvil son una banda de heavy metal clásico surgida a finales de los 70 en Canadá. Fuertemente emparentados con los grupos de la NWOBHM, están entre las influencias de grupos como Metallica o Anthrax. Gozaron de un pico de popularidad a principios de los 80 con sus tres primeros álbumes, Hard’n’Heavy, Metal on Metal y Forged in Fire, los cuales les llevaron a tocar delante de grandes audiencias como teloneros de Scorpions o Bon Jovi. Sin embargo, a partir de ese momento su carrera fue diluyéndose, a pesar de publicar álbumes regularmente.
Este es precisamente el punto de partida del documental, rodado en 2006: nos muestra a Steve Kudlow (alias “Lips”, guitarra y voz) y Robb Reiner (batería) en su día a día mientras sueñan todavía, a sus 50 años, con alcanzar el estrellato. Para ello se mantienen en trabajos de poca monta que les dan para ir tirando mientras tocan en bares o pequeñas salas. Lo que viene siendo la realidad de miles de bandas que no llegan a destacar del todo, pero que aún así se mantienen en activo, grabando y girando mientras pueden.

La ilusión llega con la programación de una gira europea y la esperanza de reverdecer laureles ante el público europeo. La cosa empieza bien, abriendo en el Sweden Rock Festival, pero a partir de ahí todo se vuelve un desastre, sobre todo con la gestión de su manager, una verdadera aficionada (en el sentido literal de la palabra). A la vuelta de la gira es cuando se deciden a jugarse el todo por el todo y volver a grabar con el afamado productor Chris Tsangarides, para lo que siguen a la banda en su intento de recaudar dinero para pagar la grabación, y su posterior búsqueda de un sello que lo publique. Todo ello mezclado con entrevistas a familiares, escenas de la grabación del álbum y un objetivo muy claro: que Anvil nos den pena. Eso sí, como todo cuento de hadas (que es lo que no deja de ser esta película), dejamos a nuestros héroes con un final feliz: tocando en un festival en Japón ante miles de espectadores.

Hay momentos sonrojantes, como cuando en el backstage del Sweden Rock Lips se dedica a perseguir a distintos músicos de la escena heavy/rock de los 80 (Carmine Appice, Tommy Aldridge) contándoles batallitas de aquellos años y éstos ponen la misma cara de póker que si les hablara un perfecto desconocido; la gira europea, con una manager que apenas sabe hablar inglés es de vergüenza, de preguntárse cómo de inconscientes han de ser para meterse en ese berenjenal, qué ansia de fama y triunfo deben tener para lanzarse a semejante aventura.

No obstante, el documental sirvió para que Anvil experimentaran un resurgir de sus cenizas y gozaran, durante un par de años, de un alto nivel de popularidad, tocando en giras decentemente organizadas y en salas de conciertos de verdad, no en la tasca del barrio. Supongo que todo el mundo querría ir a comprobar si de verdad Anvil eran tan buenos y si merecían ese salto al estrellato. ¿Mi opinión? No eran para tanto: vale que sacaron tres discos inspirados, pero en los 30 años posteriores se han dedicado poco más o menos a repetir la fórmula. Saben lo que hacen, y lo hacen bien, pero no es suficiente para llegar al estrellato. ¿Cuántos grupos en esas condiciones conocéis?

¿Alguien se acuerda de Limp Bizkit? Pues lo mismo dentro de 10 años alguien los vuelve a reivindicar como la quintaesencia del metal de los años 90. Está claro que este documental, dirigido por un fan acérrimo de la banda, busca (y consigue) jugar la baza de la nostalgia. Pero hace falta algo más que eso para jugar en primera división.

En fin, juzgad vosotros mismos. Como cuento de hadas metalero, no tiene parangón…

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